Rafael Arteaga y sus Nostalgias drapeadas en Encuentros entre líneas

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“Eikon” se presenta en la galería Spazio Zero desde el pasado mes de noviembre. La muestra reúne 30 pinturas que hacen un recorrido a la memoria colectiva y cotidiana

Rafael Arteaga trabajó antes como restaurador de tapices en el Palacio de Miraflores. De su paso diario por el centro de Caracas hasta los lujosos espacios del edificio público, comenzó a trabajar el contraste de las realidades y a transformar sus pinturas. De los afrancesados decorados a las iconos decadentes de una ciudad en deterioro. Ambos conviven, como lo hacen el pasado y el presente, en una misma imagen.

Eikōn es la presencia de lo ausente. Así podría resumirse esta muestra individual del joven artista que hace un recorrido por sus propios recuerdos y los transforma de tal manera que se convierten en imágenes nuestras, parte del imaginario más cotidiano de espectador. Las pinturas son encuadres de lugares comunes pero únicos a su vez, transformados por la mirada de Arteaga.

“Eikōn’ es una propuesta filosófica. Platón planteó la posibilidad de poner las cosas a la altura del recuerdo. Se trata de un proceso de evocación, de traer los elementos sin que estén presentes. La presencia de una cosa ausente hacía mucha referencia a recordar esos objetos que no podías tener en el presente pero que, de alguna manera, aparecían al evocarlos”. Arteaga dio este sentido al trabajo que realiza desde hace ya algunos años.

Sus imágenes convierten la nostalgia en un momento cotidiano, en una manera de vivir y revivir las escenas de nuestra vida diaria. “Desde este punto de vista, es darle un toque poético a los elementos cotidianos que se vuelven tan repetitivos que son los más propensos a ser olvidados. De esta manera conseguimos anclarlo en la memoria, lo rescatas del olvido y lo legitimas”.

En una primera parte de la muestra, el artista plasma escenas imperfectas, drapeadas, con una pintura como incompleta, a lo que responde: “Me interesan de alguna manera los errores que suceden allí, a los que no le doy mucha importancia porque precisamente la memoria es así: los recuerdos nunca son exactos y cada vez que los evocas son distintos, nunca son el mismo y eso forma parte de este proceso en el que la memoria se vuelve efímera, se va diluyendo, jugando con el olvido”.

La segunda parte está dedicada al polaroid. El resultado de una obsesión del pintor, aficionado a esas imágenes de antaño: “Lo que me interesa ahí es recordar ese instante mágico en el que capturas y la imagen se hace física al momento. Es una pasión que tengo por estas camaritas. Siempre me atrajeron, hasta que un día comencé a hacer las imágenes yo mismo pero quitando la pulcritud de la polaroid: las pinturas no son totalmente cuadradas, el borde no coincide… no son perfectas. Me interesa que se vea la pintura, que se mantenga esa idea pero que el engaño solo pueda verse de lejos”.

Las escenas de Arteaga están plagadas de referencias de la literatura latinoamericana, la poesía y los detalles de los montajes constantemente evocan también a los textos de escritores como Cortázar, Benedetti, Borges o García Márquez. Sin embargo, sus paisajes tienen para él, la intención de rememorar aquellas decoraciones francesas ordenadas por Joaquín Crespo para el Palacio. Es volver a una imagen de realidades opuestas que se unen en estas pintorescas ficciones.

José Vicente Henríquez escribió en el texto de sala que “en medio de su vorágine evocativa, Rafael Arteaga ha diluido el tiempo, para suspenderlo sobre ese delicado hilo magnético que nos atraviesa. Eikōn es el rastro que el artista ha dejado para guiarnos hasta un limbo cuya extrema realidad nos conmueve”.

Fuente El Nacional

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