Elisa Jiménez, la devota y cantante de los olvidados

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Aquí el primer personaje de una serie que pretende dar luz  a quienes hacen de Venezuela una tierra de sueños. Pese al anonimato, no cejan a su propósito de vida.  Elisa Jiménez se quiebra con cada interpretación, porque canaliza las emociones y sentimientos de las grandes voces de la canción romántica latinoamericana. La Lupe impulsa sus gorjeos y sus caderas. Hace recordar viejos despechos a quienes la escuchan, en exclusiva, en un bar desvencijado de la capital carabobeña, donde ella se entrega

Las paredes del bar La Guairita, al norte del sur de Valencia, lucen descoloridas y un tanto polvorientas. El humo proveniente de desgastados autobuses ha hecho el trabajo de envejecerlas al igual que los años. El vigilante permanece sentado en la acera fumando un cigarrillo barato y es interrumpido por Elisa, “La dama de la canción romántica”, como la apodan algunos. Le pregunta si ya llegó el periodista que la va a entrevistar, obtiene por respuesta un no. Su tajante interlocutor procede con la segunda calada mientras ella se retira para revisar su celular de nuevo. Detrás aguarda el impuntual que la saluda con un beso en su arrugada y perfumada mejilla. Las cornetas de los automóviles entorpecen el encuentro y obliga a ambos entrar. Los espera una mesa y tres sillas. La última es para una emocionada amiga

Elisa es una intérprete de canciones que invocan el pasado: el bolero, latin soul, rancheras y otros sonidos latinoamericanos que encantaron al mundo hace décadas. Su cantante preferida es La Lupe, “Qué te pedí”es su obsesión gracias a la pasión y fuerza que la caracterizan, elementos que le despiertan melancolía. Por eso su voz se “quebraba” cuando la estaba aprendiendo. Su piel también padece de otra estimulación: se eriza al escucharla.

—Oye… Cuando veo en un video a Renny Otolina anunciándola en televisión yo sentí que esa era yo. Todo… hasta cómo se entregaba al público. Cuando escucho por primera esa canción dije… oye, esta soy yo.

Las caderas de Elisa parecen que causaron hace unos cuantos años más de un espasmo, así serían las de la cantante cubana si estuviera viva. Ella lo sabe y por eso viste prendas elegantes como un vestido, zarcillos y accesorios, todos atigrados. Sus cejas pintadas de un castaño rojizo avivan el rostro al igual que un par de lunares tatuados cercanos a sus gruesos y delineados labios. Ya está acostumbrada a los piropos, sobre todo los inspirados por su voz. A los 13 años recibió el primero al cantar música venezolana en un lugar llamado El Dique de Guataparo. Aceptó e inmediatamente los aplausos fueron el manifiesto de agrado.

—Era un domingo familiar y había mucha gente. Estaba nerviosa. Yo aprendí a lo empírico. Resulta que la cantante de ese día se había enfermado y mi hermano me recomendó. Quien me calmó fue un señor de apellido Sandoval. Era una persona enferma y músico. Tremendo músico. Fue quien me ayudó y el resultado fue de película.

A partir de ese momento supo que lo suyo era la música, por eso inició su carrera de intérprete en sitios pequeños para públicos selectos. Los años transcurrieron y el pequeño escenario fue el mismo: matrimonios, bautizos eventos corporativos y gremiales. Cualquiera que aprecie la música de antaño. Ella agradece a Dios en cada anécdota por todas las puertas que se han abierto.

—Es usted muy devota, ¿no?

—Sí. Yo siento que doy mucho cuando canto porque cuando lo hago lo hago con Dios y la Virgen. Cuando salgo al escenario le pido que me dé su voz para que yo pueda a través de ella evangelizar a muchas personas. Yo quiero darle alivio a quienes atraviesen algún problema de salud o fe. Dios existe.

El puño derecho de Elisa golpea con fuerza al ritmo de cada palabra pero el próximo es interrumpido por la amiga que con la mirada señala el grabador. Le aconseja no hacerlo mientras hable porque se escuchará en el audio. Ella asiente y espera la siguiente pregunta.

—¿Cree que gracias a Dios usted está siendo entrevistada hoy?

—Sí, porque tú no sabes lo que me estaba pasando antes de que me llamaras. Era un día vacío y decepcionante. Pues me enteré de que mucha gente envidia mi talento. Dios me lo dio para alegrar los corazones y yo como ángel debo transmitir lo bonito aquí en la tierra. Eso lo recordé cuando me llamaste y accedí porque lo tomé como una oportunidad.

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En ese instante se escucha “Ariel”, de la Billo’s Caracas Boys. Elisa tararea la canción y cierra sus ojos. Los abre al compás de una sonrisa que incita un baile imaginario. Parece gustarle el bar La Guairita. De hecho, es la única “tasca” donde canta.

—¿Encuentra algo especial en este lugar?

—Si yo tengo que regalar mi talento lo hago con todo el amor del mundo, sin interés alguno. Eso lo hago aquí. Resulta que una vez me invitaron a La Guairita durante un concierto conmemorativo para Carlos Gardel y me encantó el lugar porque es muy bohemio. Canté en las siguientes ediciones. Un día les dije a los dueños: ¿Por qué están dejando perder así de feo este lugar? O sea, tan sabroso que es, tan divino. Denme un campo musical. Ellos aceptaron y así comenzaron las presentaciones semanales en vivo desde hace seis años aproximadamente. Yo me retiré porque seguí cantando en sitios privados, pero vinieron otros músicos para seguir, digamos, esta tradición.

—¿En ese entonces ya era conocida como “La dama de la canción romántica”?

—No. Eso fue en el club, ¿puedo decir el nombre del club? ¿Verdad? Bueno el club Los viejos amigos. Da la casualidad que un muchacho que estaba cargando el sonido le dijo a mi pianista Pinino y al dueño del club, que debía llamarme “La dama del bolero”, entonces viene otro señor y dice que no, era mejor “La dama de la canción romántica”. Y me sentí mejor con el último porque se siente más cálido, más bonito.

Su pianista se acerca hacia la mesa. De las viejas cornetas se escucha una canción de Eddie Santiago. Pinino ignora la entrevista, por eso informa a Elisa que las pistas preparadas para su próxima presentación están listas. Ella sonríe un tanto avergonzada y asiente. “Me están entrevistando. Ya voy. Mira quiero que me mandes un saludo aquí en la grabación”.

—¿Cree en el éxito?

—Sí, siempre y cuando no haya ego porque cuando alguien tiene ego no es una buena persona. Ni un médico, ingeniero… nadie. Con humildad llegas donde tú quieras. No importa que te humillen porque hay quienes quieren siempre sobresalir, pero eso no importa porque a la hora de pararte en un escenario ya todos saben quién eres.

Los golpes con el puño se intensifican. La amiga de Elisa toma su mano y le recuerda con la misma mirada la presencia del grabador.

—¿Qué piensa cuando está en un escenario?

—Yo pienso que todos esos artistas, la gran mayoría ya fallecidos, se apoderan de mí. De mis huesos, de todo. Yo me olvido del mundo. Olga Gillot es otra que, por ejemplo, también se adueña de mí y canta a través de mi voz.

—¿Usted solo se dedica a interpretar?

—Sí. Me dedico a visitar los asilos y también les canto a esas personas solitarias que necesitan amor. La Gobernación me contrató para hacerlo. Anécdotas hay muchas. Todos me dicen que les hago recordar su vida, su juventud, su mundo. Hubo un señor que estaba muy enfermo, su esposa lo cuidaba. Ella me dijo que quería que la cantara porque estaba amargado y triste. Les dije que rezáramos un Credo y luego canté “Por qué no has de saber”, él me acompañó sonriente. Sentí que quedó con paz.

Un par de músicos entran a La Guairita y comienzan un improvisado concierto acústico. “Que tengan buenas tardes. Les tocaremos algunas cancioncitas para alegrarles el día y si gustan colaborar con nosotros, se los agradeceríamos”. La entrevista se detiene para contemplar la performance. Elisa le dice algo al oído de Pinino, él asiente y con su arrugada mano les dice silenciosamente a los guitarristas que solo pueden cantar tres canciones. Ellos aceptan e inician el espectáculo.

Mientras tanto Elisa responde una última pregunta.

—Humildad. Eso es lo que se necesita para todo. Ese es mi humilde consejo.

Ella se levanta de la mesa y con ayuda de su amiga busca el micrófono para conectarlo. El proceso tarda. Ella se ve un poco alterada porque la presentación que ofrece está dirigida al entrevistador. Él disfruta de la última canción interpretada por los músicos. Cuando finaliza, uno de ellos se disculpa y presenta a Elisa.

La respuesta es un aplauso. Inicia el repertorio con “Qué te pedí”, su canción preferida. Una pareja de mediana edad la observa y escucha atenta la letra. Juguetea entre besos con olor a alcohol. Mientras tanto Elisa cierra sus ojos y deja que La Lupe se adueñe de sus caderas. Al ritmo del latin soul se mueven con suavidad.

Eso le encanta porque la vehemencia del público que refresca sus gargantas con cervezas es tan evidente como la embriaguez que invade el corazón de cada oyente. Unos suelen instar a Elisa a que cante “otra” mientras sostienen las respectivas botellas. Otros conversan sin prestarle atención. Ignoran algunos toscos golpes del micrófono o los ruidos producidos por el caminar de la cantante. Ella es un fondo musical que entretiene las fiestas de Valencia. También alegra los corazones melancólicos y tristes.

Fuente El Estímulo

Elisa Jiménez, devota, cantante, Venezuela, tierra de sueños