Historias de película del deporte venezolano

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Cuando alguien pudiera pensar que nació en el lugar equivocado, hay casos que reflejan cómo eso no es impedimento. Estos cuatro deportistas venezolanos tienen historias de película: un guajiro con discapacidad triunfa en la nieve, un caraqueño impone récords de esquí, un banquero se transfigura en atleta y un muchachito de Monagas hace hoyo en uno

Cuando Leonardo Acosta estaba en el vientre materno, corrió el riesgo de morir. Pero vivió. Antes de cumplir un mes, los doctores vaticinaron que pasaría el resto de sus días en estado vegetativo. Pero ahora, casi 27 años después, hace deporte. Al ser de La Guajira, se ha tostado en una de las zonas más calurosas del país. Peo ganó oro en las Olimpiadas Especiales de Invierno de 2017.

El 26 de octubre de 1991, Isleida Romero de Acosta hacía su tercer parto. El segundo que llevaba doble frutos. Leonardo y Alonso habían crecido en el útero de su madre de forma peligrosa. Uno pesaba dos kilos con trescientos gramos, y el otro dos kilos con seiscientos. “Tuvieron que intervenir, porque me estaban asfixiando. Ellos me estaban matando”, recuerda la mujer casi tres décadas más tarde. Apenas iban seis meses y 22 días de gestación. “Vamos a tratar de salvarla a ella”, le dijo el médico. “No. A los tres, doctor”, salió al paso Danilo Acosta, padre de las criaturas.

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Leonardo fue el primero en nacer. Unos minutos más tarde, llegó su hermano. Pero el destino marcó a Leo. A los dos días, le detectaron una enterocolitis severa. Fue operado de inmediato y pasó 45 días en cuidados intensivos. “Danilo, prepárate: él va a vivir en estado vegetal”, agoraron los médicos. “Bueno, no importa, yo tengo fe en Dios. Lo que quiero es que se salve. Después, veremos”, musitó una respuesta.

El pronóstico falló. Pero una lluvia de dificultades hizo que el camino de Leonardo fuera resbaloso. Le diagnosticaron deficiencia intelectual, estrabismo y problemas motores. A los tres años, cruzó su primera meta: logró caminar. A los cinco, ingresó en la escuela y se aficionó a los deportes: creció entre caimaneras y partidos por televisión. Hasta que a los 23 años entró al Taller de Educación Laboral. Ahí estudia Informática. Ahí empezó a competir en atletismo.

Tras ganar dos medallas de oro y una de bronce en Valencia, fue sorteado en Olimpiadas Especiales de Venezuela para representar al país en los Juegos de Invierno en Austria. La papeleta con su nombre salió: debía prepararse para competir en snowshoeing. “Profe, vamos a trabajar duro. Voy a traerle medallas a Venezuela”, le dijo el muchacho a Óscar López, uno de sus entrenadores.

El instructor sabe que el entrenamiento de Leo fue exigente. Eso explica el triunfo. Lo que no entiende es cómo alguien de La Guajira, en donde la temperatura promedio es de 30 grados centígrados, pudo adaptarse a ventiscas de menos de cero grados. “Solo Dios sabe lo que hace”, se ríe. Lo cierto es que entre todos los entrenadores le confeccionaron unas raquetas artesanales con madera, tela y velcro. A ellas ataron sendas medias repletas de dos kilos de arena, cada una. Así, a las 4:45 AM –para aprovechar el frío mañanero–, Leo salía a caminar y trotar en los médanos de Mara y en la playa. A las 9:00 AM, en semana, trabajaba con el profesor Óscar en los terrenos de la escuela. Y en las tardes, tenía sesiones con otra entrenadora. El plan de trabajo simuló las dificultades que acarrearía caminar sobre la nieve. Quizá por eso Leo se mostró tan confiado antes de partir a Austria en marzo de 2017 Una periodista le preguntó: “¿Pero tú no vas a hacer el ridículo como el muchacho que fue a representar a Venezuela –Adrián Solano– y se cayó 30 veces antes de comenzar?”. Leo respondió: “No. Lo que sí estoy seguro es que voy a traer medallas para Venezuela. ¿Cuántas? No sé”.

La delegación venezolana –compuesta por 30 atletas– ganó siete medallas de oro, siete de plata y dos de bronce. Leonardo, debutante en Juegos Olímpicos y único zuliano del equipo, logró oro en 100 metros –con 51 centésimas de ventaja–, plata en relevo 4×100 y bronce en 200 metros. Recién llegado a Austria, luego de su primer viaje en avión, llevó su mano al suelo: “Te conocí, nieve. Gracias”. Se dio el tupé de competir sin gorro ni guantes.

Cuando regresó a Zulia, en el aeropuerto fue recibido entre abrazos y vítores. Con Venezuela, cantada por Luis Silva como telón de fondo, la familia partió a Mara. Y, de repente, lo inesperado: “Había una caravana de carros que yo nunca había visto. Yo no sé de dónde salió tanto carro, vecinos, amigos”, recuerda Danilo. Decenas de personas se sumaron al festejo. En casa, los Acosta habían preparado una comida guajira –ovejos, arroz, yuca, chicha– y se presentaron más comensales de lo esperado. “Yo creo que habían como más de 200 personas recibiendo al campeón”, calcula su hermano.

Los esquiadores

La infancia de César Baena fue un compendio de intrepideces. En el programa Notables, Sonia, su madre, contó que una vez pidió que lo llevara a San Juan de los Morros a tirarse en paracaídas. Ella se excusó alegando que el carro estaba dañado. Un domingo, su hijo volvió a la carga. “Y entonces empezó con que ‘me lo prometiste, me lo prometiste, me lo prometiste’, porque él era así”. Al llegar al sitio, Sonia se sorprendió de ver que César ya había comprado los dólares para pagar el servicio y había resuelto la logística. Tenía solo 13 años.

Con esa determinación practicó karate, ciclismo de montaña y rugby. Este último fue la parada previa a usar tablas y bastones. La primera vez que esquió fue a las afueras de Colonia, en Alemania. Era el año 2006 y a diario cuidaba los hijos de una familia local, a sus 20 años. Sus anfitriones lo llevaron a una pista de esquí alpino. Calzándose la indumentaria, sintió que pisaba el suelo sobre el que quería estar el resto de su vida. Regresó a Caracas, congeló su cupo en la Universidad Simón Bolívar y definió un nuevo horizonte.

Baena se fue a un campamento militar en Chile, para relacionarse con el esquí de fondo. Así empezó un periplo que lo llevó a prepararse en diferentes países de Europa y en la propia Venezuela. ¿Cómo? Mediante una modalidad que lo haría tatuar su nombre en los Guinness World Record: el esquí sobre ruedas. “Es una manera de entrenar la misma técnica, a excepción del frenado, y la misma proporción de músculos. Lo usan los noruegos, los italianos, los griegos”, contó a Vladimir Villegas en Globovisión.

El 11 de mayo de 2012, César se calzó sus esquís sobre ruedas y partió desde Estocolmo (Suecia) rumbo a Oslo (Noruega). Luego de 2.246,21 kilómetros, el cinco de julio del mismo año, presumió de haber realizado “el viaje más largo en los esquís de rodillos”, según Guinness. Al año siguiente, intentó batir su propio récord. Partió desde la Plaza de la Juventud, en Nueva Esparta, para atravesar 14 estados venezolanos hasta llegar al paseo Los Próceres, en Caracas. Por algún detalle técnico, Guinness no validó ese recorrido. Para ponerle más picante al asunto, en 2014 el francés Gerard Proteau esquió de Oslo a París para superar al venezolano. Herido en el orgullo, se dispuso a atravesar toda Nueva Zelanda durante 44 días. El 4 de febrero de 2015, arribó a Bluff, tras establecer un nuevo récord mundial de 2.852 kilómetros. El nacido en el trópico alcanzó la gloria en climas gélidos.

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En el año 2009, César Baena se convirtió en el primer sudamericano en participar en una Copa del Mundo de Esquí. Ya había competido en casi 20 países distintos, pero su gran sueño, clasificar a los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014, no lo alcanzó. Tras mandar una carta al presidente Putin, según contó al canal RT, logró que lo aceptaran para convivir con los atletas en la cita deportiva. Aunque, por supuesto, no compitió. Fue a otro venezolano al que le tocó hacer historia: Antonio Pardo Andretta.

Nacido 1970, Antonio hizo carrera en la banca y desde 1998 esquiaba por hobby en St. Moritz, Suiza, país en el que vive. En 2010, vio competir al mexicano Hubertus von Hohenlohe, que a los 51 años participó en sus quintos Juegos Olímpicos. “Si ellos pueden, yo también puedo”, pensó Pardo. Por eso al año siguiente agarró los bastones con fuerza. “Antes no tenía el tiempo o los recursos, tenía que trabajar. Trabajo en finanzas y con la paralización del mercado de valores, me convertí en desempleado, así que me dije a mí mismo: este es el momento de realizar mi sueño”, le contó a Univisión. Su esposa fue la primera descreída. “Me decía que estaba loco. No estaba muy contenta al principio, pasaba mucho tiempo alejado de la familia”.

Con 41 años se propuso clasificar a Sochi. Lo logró con el mínimo requerido. “Mis expectativas ya fueron cumplidas y superadas, lograr clasificar para mí es ya mi medalla de oro”, declaró a AFP. En la inauguración de los Juegos, entró llevando la bandera de Venezuela: ensayó unos pasitos de baile que pusieron de pie a las casi 40 mil personas que asistieron al estadio Fisht. Antonio reía, bailaba y ondeaba el tricolor. Era la alegría de haber logrado lo imposible.

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La estrella

Jhonattan Vegas es uno de los deportistas más conocidos del país. En agosto de 2017, se ubica en el puesto 48 del ranking de la PGA. Su pasaporte dice que es venezolano nacido en 1984, y su historia lo ubica en una familia de pocos recursos. ¿Cómo, entonces, se volvió golfista profesional? Con la misma paciencia y empeño que pone al golpear bola tras bola en cada torneo.

Moreno, alto y de contextura gruesa, posee una sonrisa que fascina a las cámaras. En 2011, se volvió un pop star al ser primer monaguense en ganar un torneo de la PGA: el Bob Hop Classic. Solo tres años antes había iniciado su carrera profesional. Su vida dio un giro: fama, dinero, competencias. Más allá del deporte, su rostro era de interés nacional. Bromeó en Erika Tipo 11 y arrancó carcajadas en Chataing TV. Todos querían un pedacito de Jhonattan.

Carlos Vegas, padre de cuatro hijos, siempre fue aficionado al golf. En Maturín, trabajó cuidando el campo petrolero Morichal. Ahí aprovechaba para golpear pelotas al caer la tarde. Sus hijos, que lo iban a buscar, no tardaron en imitarlo. Pero fue Jhonattan el primero que, a los dos años, dio muestra de algo que siempre es raro conseguir: talento. “Él empieza con esa inquietud y hace unos swing muy buenos. Yo digo: bueno, pero por qué este, tan pequeño, hace este tipo de swing. Entonces, se decide buscarle unos palitos plásticos. Y jugaba todos los días”, recordó su padre en Hoyo 19.

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A los tres años, Jhonattan compitió por primera vez. Su trayectoria fue brillante. Aunque su familia era de bajos recursos, eso que algunos llaman fortuna lo premió haciéndolo hijo de un cuidador de campos. De ninguna otra forma podría haber explotado su talento. Siendo un deporte con aires exclusivos en el país, la infraestructura para el golf es casi inexistente. Para colmo, el expresidente Hugo Chávez emprendió una cruzada: cerró alrededor de siete campos.

“Respeto todos los deportes, pero no todos son iguales. ¿Dicen que el golf es un deporte del pueblo? Pues no lo es, solamente un pequeño grupo de burgueses puede ir y jugar a este deporte. Treinta hectáreas para que un grupito de pequeños burgueses vayan jugar al golf. Y, además, con un carrito. Porque son tan flojos que ni siquiera caminan. No se entiende que haya un campo de golf en mitad de una ciudad haciendo falta tanto terreno para edificaciones para el pueblo”, declaró Chávez dos años antes de que el nombre de Jhonattan se pronunciara con orgullo, incluso desde el Estado.

Ni burgués ni flojo, el maturinés sabe lo que es sudar. “Una de las cosas que quizá me caracteriza es que soy muy positivo. Yo siempre he creído que soy uno de los mejores, quizá si no hubiese pensado de esa manera no estaría donde estoy. Tengo mucho que trabajar. Sé que hay muchísimos jugadores mejores que yo, pero siento que tengo el potencial para llegar a ser tan bueno o mejor que ellos. Para eso necesito mucho trabajo, muchísima dedicación; bueno, estoy dispuesto a hacerlo: es lo que he querido toda una vida”, declaró a Hoyo 19.

Por eso, a los 17 años se mudó a la casa de su entrenador de entonces, en Estados Unidos. No hablaba inglés, añoraba la comida venezolana y los ojos se le humedecían de recuerdos. Para ser grande hay que afrontar desafíos grandes. Ingresó a la universidad de Texas y se graduó de quinesiología. “Pasé cuatro años jugando golf con los mejores amateurs de Estados Unidos, que son prácticamente los mismos que vas a ver en la PGA”, recordó en una entrevista en TeleAragua. El resto es archiconocido: viajes, competencias y esfuerzo. Junto a su hermano menor, Julio, ha lustrado el apellido: en 2016, por ejemplo, hicieron pareja en el Mundial de golf. Dos años antes, Jhonattan participó en los Juegos Olímpicos de Río 2014.

Cuando en 2008 debutó en Valero Texas Open, su primer torneo de la PGA, dio un golpe inicial de mil yardas. Su cara era de incredulidad. La pelota recorrió en el aire una distancia tan larga como la que él mismo aspiraba escalar en su carrera.

¿Quién se hubiese imaginado que un venezolano criado entre carencias materiales podría llegar a la élite mundial del golf? Solo el mismo que se imaginó que un guajiro se impondría en la nieve, que un caraqueño se volvería esquiador y que a sus más de 40 años un venezolano llegaría a unos Juegos Olímpicos de Invierno. Son historias tan reales como la del británico Michael ‘Eddie’ Edward, conocido como “The Eagle” y cuya vida fue llevada al cine en 2016. En Venezuela, tramas no faltan.

Fuente El Estímulo

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