Estaban allí. Fotografías de Luis Brito

Estaban allí. Fotografías de Luis Brito

Estaban allí, Fotografías, Luis Brito, artísta venezolano

El pasado 8 de junio se inauguró en la sala de Cesta República, Madrid, una muestra del trabajo que Luis Brito (1945-2015) hizo con muñecas de Armando Reverón

La fotografía, desde sus primeros intentos, insistió en la fascinación por los muñecos de todo tipo. De hecho, los primeros retratos al daguerreotipo convertían a las personas en muñecos inanimados, rígidos, con ojos muertos, de manera que no se podían distinguir en los retratos de grupos aquellos que estaban vivos de los difuntos. Para las largas poses, las esculturas se comportaban como modelos disciplinados. La fotografía es una herramienta que embalsama a los vivos y sin embargo da vida a los muñecos de madera, de piedra o cera, en un instante cubiertos de carne detenida por la fotografía. Los maniquíes surrealistas, las muñecas de Hans Bellmer, los personajes de cera de Hiroshi Sugimoto, las imágenes abandonadas de Ricard Terré, son ejemplos de la ambigüedad morbosa que los fotógrafos buscan entre lo que parece vivo pero en realidad no lo estaba.

Luis Brito en los últimos años de su carrera se debatía entre la estética que siempre había guiado sus trabajos fotográficos y el feísmo de la situación decadente en la que veía sumido a su país. Él, que fue europeo de adopción durante más de una década, retornó a un país empobrecido e inmerso en el conflicto social. No se respetaba ni la cultura elitista por la que Venezuela había brillado –las gigantes esculturas de Soto en las autopistas, la monumental arquitectura de la Universidad Central, etc.– ni la cultura indígena, ese patrimonio inmaterial del que es tan enemiga la riqueza de un país como su miseria. Brito concretó su indignación hacia aquella barbarie con un proyecto que llamó Misión vuelvan mierda, en irónica referencia a las misiones que en 2002 impuso el régimen chavista. Aquella administración en paralelo logró desbaratar las atribuciones del Estado en el respeto y cuidado de lo más frágil, ya fueran seres humanos, Naturaleza, arte o estado de derecho. Brito siguió trabajando con sencillez el registro del deterioro y la cochambre, agrupaba sus fotografías y valoraba cada vez más el ser puro de los habitantes de la diáspora caraqueña. Se admiraba y enervaba. Se indignó en lo profundo. Sus fotografías de mendigos en la calle, grafittis con proclamas políticas en los muros, esculturas saqueadas y mutiladas y cines abandonados llevan la rabia de escupitajos lanzados contra el suelo.

En ese tiempo dio con un personaje cuya memoria era víctima también de esa dejadez: el desaparecido artista Armando Reverón. Le impresionó su biografía que encajaba con aquellos otros seres del lado salvaje que había ido fotografiando durante años: los locos de Anare, los iluminados por la religión, el hombre tuerto de los perros o todos aquellos artistas populares tocados por el dedo del ansia de crear a contracorriente. El Castillete, la casa museo de Reverón en Macuto, sucumbía al voraz avance de la selva, abandonada también a la Misión vuelvan mierda después de las inundaciones de 1999. La luz por la que se conocía a aquel pintor es demasiado sutil y el foco rojo de la política cultural se la estaba llevando por delante.

Por suerte, los objetos más preciados, entre ellos las muñecas de Reverón, habían sido rescatados antes de las inundaciones por la Galería de Arte Nacional y estaban almacenadas en las bodegas del Museo de Bellas Artes. Para hacer el catálogo de la exposición El lugar de los objetos (2001), la crítica de arte María Elena Huizi pidió a Luis Brito que fotografiara esas muñecas. Allí estaban esperando por él para que las retratara. Todavía fieles a lo que fueron, cuerpos reconstruidos por el deseo de compañía de su autor que, en un acto terapéutico o simplemente práctico, como Alberto Burri en sus lienzos, había cosido, rellenado, teñido, pintado, vestido y adornado con joyas, aquellas que le servirían de amorosos modelos en su retiro. Luis Brito rescata sus maneras y aplica las dotes de observación de los gestos y las texturas del rostro que le había hecho célebre en su serie “Geografía humana”.

Cuando explicaba aquellas sesiones de retrato ante las pacientes muñecas de Reverón, se emocionaba recordando su timidez esquiva. Las muñecas se resistían a la fotografía. No se las podía retratar mezcladas con el contexto, como si fueran personajes vivos de las calles de Roma o Barcelona. Se escondían. Brito comprendió que había que aislarlas. Eran seres flotando en el éter. Para ello, debía iluminarlas con la luz del trópico antes de entrar en la Atmósfera. Una luz solo dedicada a ellas. Como los magos fotógrafos pioneros, sacó de su bolsa el trapo negro para envolverse con la muñeca y su contorno. Así quedaron metidos en un saco amniótico la muñeca frente a él y, entre los dos, la cámara. Un acto conmutativo de retrato y compasión en el que Brito pudo entregar sus heridas aún sin cicatrizar. La inmensa comprensión de aquellos seres dolientes absorbía el miedo que se había apoderado de él durante años después de una amenaza de muerte. Allí estaba otra vez la vida sanadora que lo acogía en la luz, en la capacidad de alegría de las perlas y los abalorios, en los rastros de lágrimas y de saliva, en las sonrisas tensadas por el hilo, en los pies danzantes. Allí estaban las ganas de vivir. Allí estaban las muñecas. Y cobraron vida en sus fotos.

Fuente El nacional

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