El cruzado criollo: un sancocho cultural

El cruzado criollo: un sancocho cultural

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El Cruzado Criollo es un evento que “cruza” el arte de la entrevista con la gastronomía. La primera edición, bajo el discurso de La idiosincrasia del humor venezolano como herramienta de crítica y entretenimiento, se materializó el 26 de noviembre en un bar de Valencia llamado La Guairita

El humorista Perucho Conde estrenó esta propuesta creada por el grupo cultural Transeúnte. A continuación, se leerá una ligera descripción de los sentidos despertados por el humor y la degustación

Un octogenario entra. Es el humorista Perucho Conde. Los aplausos de bienvenida como abrazos inesperados le dibujan una sonrisa en aquel arrugado y vivo rostro. Comienza El Cruzado Criollo, evento que involucra el arte de la entrevista con la gastronomía. El bar de antaño La Guairita está abarrotado. Dos tazas con sancocho cruzado están servidas para el invitado. Parece que estuvieran esperando los paladares de él y su esposa. Luego de tomar la sopa, el sonriente anciano permanece sentado. Él es el plato fuerte. El que será entrevistado por una periodista en breves minutos.

Mientras tanto, los integrantes del grupo Transeúnte sirven al resto de los visitantes los platos de entrada que constan de tortillas de plátano con queso y mermelada de durazno. Otros prefieren eliminar el calor en sus gargantas gracias al refrescante papelón con limón. El Ratón, de Cheo Feliciano, se escucha desde las viejas cornetas. Esta alegórica canciónmusicaliza los pasos de los mesoneros que ignoran una pintura de un joven Carlos Gardel.

El silencio llega. Y pronto vuelve a irse porque finalmente la periodista María Laura Padrón con micrófono en mano presenta a Pedro Alberto Martínez Conde. Él la interrumpe. Prefiere que lo llame Perucho. Ahora sí…La entrevista comienza.

—Entonces, señor Perucho. Usted tiene una larga trayectoria como humorista, locutor, escritor y actor. Desde joven comenzó a comunicar a través de distintos medios. Me enteré que cuando usted tenía 13 años vivía en una pensión con su madre y hermanas, y allí había una señora llamada Cándida, que se encargaba de cocinar y al parecer no lo hacía muy bien. Usted un día escribió un verso reclamándole el gusto de la comida, quisiera escuchar esa anécdota.

Perucho toma el micrófono con su mano derecha. Sostiene sus anteojos con la otra. Hay fuerza y arrugas diseminadas en ambas. Parece que están acostumbradas a ser parte de gestos efusivos.

—Yo creo que empecé a contar chistes en la cuna.

Se escuchan varias risas. Las de Víctor no porque está en la cocina sirviendo dos cruzados. El resto del grupo trabaja en otras esquinas de La Guairita. Uno captando desde sus cámaras las carcajadas de una señora voluptuosa. Otro escribiendo en una pequeña libreta todos los pedidos.

La entrevista prosigue. Desde el fondo se escucha la áspera voz de Perucho. El vigilante del bar luce sorprendido.

—¡Para que uno llegue a esa edad hay que aguantar bastante!

—Desde hace días andas raro–le dice una señora que acude regularmente a La Guairita. Luego le dice–: Mándale saludos a tu mamá. Se despide. Él también y con su mano derecha le da la bienvenida a modo de juego.

Ella lo ignora. Camina hacia adelante y toma un asiento que le estaban apartando. Lo primero que ve son las morenas piernas de la periodista que está a punto de iniciaruna pregunta al invitado.

—Usted dice que desde la cuna le gusta hacer reír a la gente, pero… ¿qué le hace reír a usted?

—Un buen chiste. Pero que sea bueno de verdad. Hay muchos chistes que son muy malos. A mí me hace reír cualquier cosa porque yo tengo la maña de buscarle el lado risible a todo. También hay cosas de la actualidad que dan risa. Por ejemplo, hacer una cola a las 2:00 de la madrugada para comprar papel tualé.

El público ríe.

—Parece un chiste, ¿no? –responde Perucho.

En la mesa 4 está un joven con su pareja. Ella no se ríe. Toma un sorbo de cerveza y contempla la escena. Un mesonero la interrumpe para servirle dos tortillas de plátano bañadas en mermelada de durazno. Ella asiente y le ofrece un plato al novio, pero está concentrado en la conversación.

El vigilante se asoma curioso al escuchar la respuesta de Perucho. Se le ve solo su torso. El resto es imposible de notar por la blanca pared. Aprovecha de sostener un cigarrillo con la mano invisible. Sonríe y niega con la cabeza.

—¡Por eso es que estamos como estamos!–Nadie lo escucha. Se aleja y humedece el cigarrillo con una fumada vehemente. El humo flota en sus pulmones durante unos segundos y sale para mezclarse con el de un autobús que acelera su motor frente al bar.

María Laura y Perucho siguen conversando. Se comparten el micrófono al momento de hablar. El humorista dice que cuando era joven le gustaba imitar a Cantinflas, Tin Tan y a la gente de la comunidad. Lo comenta para contextualizar el siguiente relato.

—Un primo de mi madre estaba en su lecho de muerte. Ella quería que lo visitara. Le dijo a mi primo: Mira, Juan Pablo. Perucho imita a la gente. Te lo traje para que te rías un rato. Entonces yo comencé a hablar como Cantinflas. Ese señor se rió bastante. Cuando nos despedimos mi primo me dijo: “Muy buenos los chistes, pero hágase una carrera. Entre los Conde no hay cómicos ni payaos”. ¡Y así fue, aún soy el primero! ¡El primero!

Los aplausos son automáticos. No permiten escuchar el pedido de una señora así que con un dedo alzado dice mudamente “Dame una sopa”. El mesero espera que las palmas cesen para repreguntar. Al recibir la respuesta toma nota y asiente. Ella observa a un hombre que usa un casco de motorizado. No hay sillas, solo le queda pedir una cerveza y permanecer de pie mientras escucha las ocurrencias de Perucho.

Han transcurrido 42 minutos. Los repentinos visitantes como el del casco de motorizado siguen llegando. Están atentos. Sus respectivas sonrisas denotan nostalgia y empatía. Otros solo han venido al bar a tomarse una cerveza, pues ignoran quién es Perucho. También qué es El Cruzado Criollo. Uno de ellos observa su reloj y se retira.

Perucho habla acerca de Aquiles Nazoa y su obra. Cree que es un poeta y humorista nato. Cambia de tema para recordar los personajes que interpretó en programas de televisión. “Ya desaparecieron no solo esos si no muchos”. Confía en que algún día regresen, así sea con otros nombres, pues “la risa no le hace daño a nadie”; y el humor, forma parte de la idiosincrasia de los venezolanos. No es mentira que “de todo hacemos un chiste. En Venezuela no se respeta nada para hacer un chiste. ¿Dígalo ahí? A la delincuencia, enfermedad, lo que sea… aquí no se respeta nada”.

Este comentario despiertalas ganas de unaseñora en susurrarle frases al oído de su acompañante. Ambos ríen. Perucho los observa y cuenta dos chistes. Se escuchan las carcajadas de otros y no las de ellos.La periodista toma el micrófono e interrumpe:

—Ese mitode que los venezolanos hacemos un chiste a todo… ¿Qué tan nocivo puede ser?

—Bueno, como humorista te digo que no es nocivo porque la risa es un remedio. El venezolano de cualquier cosa hace un chiste… hasta de la muerte.

Faltan pocos minutos para que el encuentro culmine. Todos lo saben y no dicen algo al respecto porque la periodista conversa con él. Y como buena conversación muere por naturaleza. Esto es aprovechado por la cantante Elisa Jiménez, conocida como la Dama de los boleros. Ella le prepara una sorpresa al invitado.

En la cocina, Víctor avisa a sus compañeros que ya no queda sopa, tampoco tortillas de plátano. Los espectadores no están hambrientos, quieren más alcohol. A medida que la claridad se torna oscura las cervezas se solicitan numerosamente.La noche es el hogar de los pasos tambaleantes y alegrías efímeras.

Perucho agradece el sombrero hecho de paja que acaba de recibir. Un saltamontes del mismo material lo adorna. Es usado frente a la periodista quien asiente sonriente. Los aplausos cierran la entrevista. Elisa Jiménez se levanta y toma el micrófono para decirle al humorista: “Permítame que le cante una canción”.

Un teclado la acompaña. Las notas son las de Qué te pedí, de La Lupe. La voz de la mujer se adueña de La Guairita. Ella cierra sus ojos y con su mano derecha en el abultado pecho suaviza la eufórica canción entre tonos apacibles. El repertorio se reproduce. La esposa de Perucho se sienta al lado mirándolo. Ambos lo hacen. Luego le besa la mano.

La lluvia anuncia el final definitivo de la primera edición de El Cruzado Criollo. Se le dice a Perucho que es hora de volver a Maracay. La noche es joven porque abre sus puertas a los transeúntes taciturnos, alegres y eróticos que ansiosos están por tomar una cerveza en medio de conversaciones misceláneas.

Fuente El Nacional

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